Los cachemires ven con frecuencia que sus tierras pueden convertirse en las próximas Hiroshima o Nagashaki, pero mantienen la esperanza en un final feliz. Alí Boktoo, un empresario de Srinagar, ‘antes que nada musulmán, luego cachemir y después, y de lejos, indio', cree que ya ha llegado el momento de que ambas potencias, India y Pakistán, les permitan elegir su destino, y éste pasa por un referéndum que permanece en suspenso desde que la excolonia británica se escindió en estos dos países. Cada uno se llevó una parte de una región rica en recursos hídricos, en historia y en paisajes embriagadores. Miles de cachemires quedaron divididos a ambos lados de una difusa frontera, como ocurrió en Berlín, en Corea o en tantos otros lugares. Desde la independencia, los cachemires no han cesado de pedir su reunificación. Los pakistaníes creen que un estado musulmán debería integrarse por completo en un país musulmán. La India, por su parte, no piensa renunciar a uno de los enclaves estratégicos por antonomasia del centro asiático.
‘Cuando yo era joven combatíamos a los indios con piedras y botellas incendiarias. Luego vinieron las armas, más tarde los tanques, ahora están los jóvenes que se suicidan con bombas pegadas a sus cuerpos. Dicen que lo próximo será una guerra nuclear, pero ¿quién está tan loco como para conducir al suicidio a todo un pueblo?', concluye Boktoo sentado en el salón de su casa mientras un sirviente indio carga una gran bombona de butano a sus espaldas.
‘No hay ninguna duda', prosigue, ‘de que Pakistán envía armamento y munición a los guerrilleros, aquí lo sabemos todos, pero ¿qué me dice de los soldados indios, siempre dispuestos a hacer negocios con lo que sea?'. Boktoo acusa al ejército indio de estar compuesto de miles de jóvenes provenientes de los lugares más recónditos de la India, la mayoría de ellos analfabetos, personas que son como mucho capaces de leer el indi, una lengua que aquí apenas cuenta, soldados sin recursos que venden cigarrillos, cambian moneda y trafican con alcohol. ‘¿Se da usted cuenta de que aquí nadie vende alcohol, que estamos en un país musulmán? ¿cómo se atreven?', se lamenta al tiempo que reconoce que no todos los indios se comportan así, que también existen buenos soldados. ‘Pero después de13 años de ocupación hemos perdido los negocios, estamos cansados de guerra, de tensión'. Tal vez por eso también Boktoo se afana en hacer negocios y me alquila un jeep en exclusiva al mismo tiempo que a otros cuatro extranjeros. Pakistán e India se juegan algo más que un territorio disputado: está en juego una guerra nuclear.
....
‘¿Cómo puede alguien plantear una guerra nuclear cuando el 50% de la población se encuentra bajo el umbral de la pobreza?', protesta el profesor Sheik, miembro del Frente de Liberación de Jammu Kashmir, encarcelado durante cinco años en Delhi por sus encendidos escritos contra la presencia india. ‘¿Cuánto cuesta una bomba atómica? ¿por qué no se emplea ese dinero en construir infraestructuras, en facilitar el acceso de la población al agua potable, a la comida?'
En una de las muchas mezquitas de Srinagar, la capital de Cachemira, sobre un tejado, un joven se pasea con un saco y una multitud se agolpa en la calle. Al fin, el joven saca un trozo de carne sanguinolienta y la arroja al público, que se empuja por atraparlo. Luego otro, y otro. Y a cada trozo de carne le sigue una ola humana que se mueve según los caprichos del joven. En las mezquitas se interpreta la caridad de modo distinto al occidental. En otra esquina, un anciano reparte con las manos puñados de arroz amarillo, ya cocinado. Unas mujeres se disputan la presa. En la mezquita de Chari Shariff, a dos horas de Srinagar, sobre unas escalinatas, decenas de mujeres pasan las horas bajo el sol, esperando algo, a sus pies pequeños sacos abiertos. De cuando en cuando, una mujer piadosa pasa y arroja con desdén puñados de arroz en cada saco mientras entona un salmo. En Cachemira no se da la miseria que es tan común en el resto de la India pero sí hay una necesidad clara, en algunos puntos hay incluso hambre.
‘El problema es la India', repite el profesor Sheik. ‘Si nos dejaran elegir nuestro futuro, el conflicto se arreglaría en dos días'. Al profesor se le ve el plumero cuando coge confianza. ‘Si sientes Cachemira en tu corazón, si te importa Cachemira, lo normal es que luches por ella. ¿Por qué entonces nos llaman terroristas? Los guerrilleros no son terroristas, son luchadores por la libertad, no están matando hindúes, ni jóvenes, ni siquiera no musulmanes: están luchando contra un ejército de ocupación'. Pero el problema es Pakistán, le contesto. ‘Ni mucho menos, Pakistán tiene sus derechos sobre un área disputada, es la India la que debe negociar porque los pakistaníes nos dejarían elegir nuestro futuro libremente'. Boktoo, uno de los personajes más conocidos en la ciudad, no opina lo mismo. ‘Yo odio Pakistán', reconoce, ‘y en caso de elegir prefiero a la India, donde al menos podemos hacer negocios y prosperar, algo imposible en Pakistán. Pero también es triste ver a esos huérfanos de siete, ocho años que se convierten en bombas humanas porque han caído en manos de grupos fundamentalistas que los adoctrinan'.
Pero los ‘luchadores por la libertad' sí atacan a los hindúes. Un ejemplo. Pahalgam, Yatra 2002, inicio de la peregrinación en honor al dios Shiva, una peregrinación que reúne a miles de devotos y que sube las montañas del centro de Cachemira para visitar la cueva de Armanath, donde según la tradición habita su dios. Triste ocurrencia la de Shiva, vivir en el centro de un país musulmán. El desfile de este año rebosa color: los peregrinos vestidos de naranja son seguidos por una larga fila de 15.000 soldados de verde y policías de marrón que los escoltan en su viaje de tres días por exuberantes valles. Hace unas semanas, Quasimnagar, una aldea en el camino, reunía a muchos peregrinos porque la televisión transmitía un torneo de cricket internacional: India y Gran Bretaña disputaban la gran final. Comienza el partido, suenan gritos de ánimo, de apoyo. De pronto, tres santones hindúes sacan de entre sus ropajes granadas y metralletas. Resultado final, 28 muertos, varios de ellos niños, decenas de heridos. No es el único ataque de los ‘luchadores por la libertad': la peregrinación resulta muy peligrosa y en varias escaramuzas han asesinado a decenas de personas. Un día nueve, otro día doce, otro día ... quién sabe. ‘¿Si estaba asustado?', responde Jo, un peregrino de vuelta a casa.'Cada vez que se movía un arbusto, temblaba', confiesa, ‘no he pasado más miedo en mi vida'.
Ahmed es musulmán pero también oficial en el ejército indio. Ahmed afirma que ‘el problema es Pakistán, si dejaran de enviar terroristas, el conflicto acabaría en dos días'. Otro ejemplo de cómo se las gastan los ‘luchadores por la libertad': el grupo de línea dura ‘Jamiat-ul-Mujahideen' ha anunciado que matará a candidatos y a todo el que tome parte en las elecciones locales previstas por el gobierno indio para el 15 de septiembre en Jammu Kashmir (el nombre hindú de la región), y la mayoría de los grupos independentistas o pro musulmanes han anunciado que de un modo u otro las sabotearán. Días antes de la celebración de los comicios, el ministro regional de Justicia, Mushtaq Ahmad Lone, partidario de una Jammu Cachemira autónoma pero enmarcada en la India, moría ametrallado mientras pronunciaba un mitin.
En Pahalgam, los peregrinos duermen en improvisados campos de concentración, no de refugiados, rodeados de alambradas, vigilados por soldados desde lo alto de torteas. Rajiz es un hostelero musulmán, y se queja de que cada año pasan miles de peregrinos por su aldea y ninguno deja un centavo en los muchos hoteles preparados para el ‘trekking' que ahora languidecen por falta de clientes.'Todos los musulmanes no somos iguales', le grita inútilmente a los soldados indios que patrullan nerviosos con el dedo en el gatillo, los chalecos antibalas, el fusil apuntando inquieto en todas direcciones'.
‘Es la diplomacia india la que ha logrado que, tras los atentados del 11 de septiembre, la comunidad internacional nos llame terroristas', protesta el profesor Sheik en su casa de Srinagar. ‘Hemos luchado durante décadas y nunca nadie nos ha llamado terroristas'. Cachemira, de eso no cabe duda, es un territorio ocupado. Al menos 700.000 soldados patrullan enfundados en pesadas chaquetas metálicas por las calles de las ciudades, por las carreteras, por las faldas de las montañas. A los pies del Himalaya, en lo que fuera la frecvuent estación de Sonamarg, pueden verse las tanquetas escondidas entre los árboles, los nidos de ametralladoras se confunden con los domingueros musulmanes que vienen de picnic bajo el glaciar de Kolahoi, escenario de cuando en cuando de algunas escaramuzas que le han dado el dudoso título de ‘campo de batalla más alto del mundo' a este conflicto.
‘Tenga cuidado', me aconseja un oficial indio,'no pasee durante mucho tiempo, usted tiene cara de americano y eso aquí es peligroso'. En otro tiempo, Sonamarg fue el paraíso del trekking: grandes montañas, enormes espacios verdes, paisajes sin igual y gente amable... ‘Antes venían más de 700.000 occidentales todos los años', comenta Feroz, un joven de Srinagar, ‘y más de 600.000 turistas indios'.
Con 20 años, Feroz ha dejado sus estudios de física para tratar de reflotar el negocio de su padre. Tiene cuatro barcos hoteles, el hospedaje más típico de Srinagar, ahora todos vacíos. ‘Antes podíamos elegir entre los que se quedarían en casa, ahora tengo que recorrer media India para traerlos, y ni aún así'. ‘¿Soldados? ¿qué soldados?' me pregunta Tazim, un joven pastor en las montañas de Sonamarg. Miro a mi alrededor y veo varios, se lo hago saber, se los señalo. ‘Yo no veo ninguno, aquí no hay peligro', dice negando la evidencia de quien vive desesperado. Están allí, le digo, hay nidos de ametralladoras, tanquetas. ‘No, no lo hay', me contesta fijando en mí sus profundos ojos verdes.
Por las carreteras, los controles se suceden, el paisaje también se repite, montaña tras montaña, valle tras valle, guarnición tras guarnición. Los convoyes militares dificultan aún más un tráfico peligroso y complicado. Grupos de soldados patrullan en abanico al borde de grandes precipicios. Muchos son nepalíes, los célebres gurkas, grandes conocedores de las montañas. ‘¿Hay peligro?', le pregunto a uno de ellos. ‘Claro que hay peligro, hombre', me contesta, ‘si no, ¿para qué iba a ir vestido así?', explica mientras señala su chaleco antibalas.
Los musulmanes también viven con la sensación de que antes o después pueden morir. En el centro de Srinagar hay un cementerio que alberga a los muyaheidines caídos por la nación cachemir. ‘Dése prisa', comenta Alí Boktoo mientras tomo unas fotos, ‘si el ejército indio nos encuentra aquí, puede haber problemas'.En la puerta, los guardianes esperan impacientes a que nos vayamos. Decenas de tumbas dispuestas en hileras, tan cuidadas como el césped del camposanto, contrastan con los cementerios abandonados que pueden encontrarse en cualquier parte de la ciudad. ‘En la tapia de este cementerio los soldados indios ejecutaron a muchos ciudadanos', afirma Boktoo mientras me muestra lo que queda del barrio más antiguo de la ciudad, en otro tiempo refugio de los independentistas.
‘No haga caso a ninguno', me aconseja S.S.Puri, montañista hindú. ‘Cada vez que se acercan unas elecciones, tanto Pakistán como India se acusan de los crímenes más graves para elevar la tensión y ganarse unos votos. Como ve, aquí no ocurre nada, soy hindú y sigo viniendo a enseñar montañismo'.
Pero el fundamentalismo islámico es patente y está por todas partes. Muchas mujeres visten burka, tienen prohibido la entrada en según qué partes de las mezquitas, no cuentan a la hora de tomar decisiones. Osama Bin Laden es un héroe para parte de la población, que lo ve como alguien capaz de plantar cara a Occidente. Y sobre todo están los muertos, unos 250 sólo en agosto (de 2002). ‘Los americanos sufren un atentado y destruyen un país como Afganistán sin tener una sola prueba de que fuera Bin Laden, y lo más gracioso es que todo el mundo los apoya', opina Alí Boktoo,'mientras que Israel mata palestinos y no ocurre nada...' Aquí han muerto más de 35.000 personas y a nadie parece importarle'. ‘¿Hasta cuándo tenemos que aguantar?', se pregunta el profesor Sheik, para el que el problema es ‘que siempre morimos los mismos, porque cuando Pakistán bombardea este lado, mueren cachemires, y cuando la India bombardea el otro lado de la frontera, también mueren cachemires'.
Bin Laden, en estas circunstancias, se ha convertido en un héroe. Mansur es guía turístico y a duras penas disimula su admiración por el terrorista saudí. ‘¿Has visto la fotografía en la que Osama le da por detrás a Bush?'. Su pregunta me coge de sorpresa. Se refiere a un montaje que circula por internet. ‘Me llegó a mi correo electrónico y desde entonces no he dejado de reírme'.