-----El viaje a Muzo y la zona esmeraldera supone el enfrentamiento a una leyenda, pero no a la de un cuento de hadas, sino a una leyenda turbia llena de armas, asesinatos y luchas por poder y venganzas. La leyenda que dejó tras si la guerra de las esmeraldas, la llamada “Guerra verde”. Una leyenda que extiende su manto hasta hoy, cubriendo al negocio con la apariencia de un mundo cerrado y hostil, que camina siempre por los márgenes de la ley y con el que es mejor mantener la distancia. Un mundo de hombres armados y millonarios, cercanos al narcotráfico o al paramilitarismo, afines al partido liberal o acérrimos defensores del conservadurismo, con pactos con la guerrilla y la iglesia, devotos, ostentosos y criminales. De todo se ha escrito y dicho sobre los esmeralderos, pero sólo hasta ahora, casi diez años después de mi llegada a Colombia, iba a tener la oportunidad de derribar algunos de estos mitos y comprobar qué escondían - además de las mejores esmeraldas del mundo- las entrañas de estas tierras colombianas.
.....La cita en Bogotá era a las 3:30 de la mañana. Las seis horas de camino hasta el corazón de la zona esmeraldera, no dejaban demasiadas opciones, así que allí estábamos, acompañados y guiados por Ecce Homo Lara, administrador de una de las minas que pretendemos visitar. El camino a través de Los Andes no es fácil, kilómetros sin asfaltar que ascienden, descienden y serpentean entre precipicios infinitos y resbalosos por las lluvias que han caído durante toda la semana. Pero el paisaje es espectacular, más aún cuando se divisa Fura-Tena, las montañas “gemelas” que un día fueron dioses muiscas y de las que surgieron las esmeraldas, según la leyenda, a partir de las lágrimas vertidas por Fura, la arrepentida diosa infiel.
.....La región esmeraldera, situada en el Departamento de Boyacá, es ahora una zona relativamente tranquila pese a las acusaciones sobre paramilitarismo que recaen sobre algunos líderes del sector y el considerable aumento en la zona de cultivos de coca, para muchos debido, precisamente, al descenso de la producción de esmeraldas. Pero esta aparente tranquilidad es reciente. Hasta la firma de los acuerdos de paz a comienzos de los 90, se vivió en la región la llamada Guerra Verde, unos años en los que hombres armados paseaban a sus anchas en sus jeeps, siempre rodeados de mujeres y lujo, de caballos de raza, en peleas de gallos, derrochando en alcohol y fiestas aderezadas con música ranchera... Casi dos décadas que dejaron con su paso más de 4.000 muertes violentas y un halo de terror que todavía hoy perdura entre quienes no conocen de cerca el mundo de las esmeraldas. Durante estas dos décadas de masacres continuas, incluso el conocido narcotraficante Rodríguez Gacha, el mexicano, trató infructuosamente de introducirse en la zona y en el negocio de las piedras preciosas. Y sin embargo, pese al notable descenso en la criminalidad y a la aparente calma que se respira hoy, la gente echa de menos los tiempos de la guerra. La razón: desde que se firmó la paz, la bonanza esmeraldera se acabó.
-----Las explotaciones mal hechas desde los tiempos de la colonia, obligaron a comenzar a perforar las montañas para desenterrar unas piedras preciosas que antes se encontraban en la superficie. De esta forma la actividad minera se volvió mucho más cara, y los hallazgos más escasos. “Sí, dice Wilton, ahora todo es menos peligroso, pero también es más difícil. Antes había tanta esmeralda que a uno le tocaba cuidarse porque a veces, por quitarle a uno lo que encontraban lo apuñaleaban ahí mismo, o lo robaban entre varios… Pero se encontraba bastante. Ahora ya no se consigue nada, chichiguas, morrallitas que apenas dan para el almuerzo, para comprar la ropa, o si no, pues nada”. “Si usted hubiera conocido el pueblo antes. Ahora da lástima lo muerto que está todo, no hay comercio, no hay gente, parece un pueblo fantasma”, cuenta exageradamente. “Yo sigo aquí en este trabajo porque uno se siente libre y me gusta, pero ya no se saca nada”.
.....Si no se saca nada, me pregunto, ¿por qué me rodean cientos de hombres, mujeres y niños llenos de fango, sudorosos y cansados, pero con esa sonrisa permanente en el rostro?. Son los guaqueros, los que buscan en el exterior de las minas algún destello verde entre la tierra ya removida y hurgada en el interior de las mismas. Es una actividad que forma parte de la economía informal o del rebusque, como le dicen en Colombia. Se les llama guaqueros porque guaca es la palabra quechua para denominar un tesoro enterrado, pero cada vez son menos los que consiguen enguacarse. “En los 80 me enguaqué varias veces”, cuenta Uver, pero uno no era juicioso, sólo aproveché una platica para comprarle la casita a mi mamá. Lo demás todo se desvaneció. Eso se va en alegría, en buena vida, en rumba... Cuando uno está con plata le salen amigos de todos lados, siempre hay gente con la que irse de rumba, con la que tomar… Pero cuando la plata se acaba se acaban también los amigos, las amigas, ya nadie lo mira a uno.... Y entonces toca otra vez rebuscarse hasta lo del almuerzo”. “Ya no sucede eso, pero antes si. En esa época mucha gente se enguacaba y lo primero que casi todo el mundo hacía era comprar el ´caraesapo´ (Toyota) o el Land Cruiser y la pistola” . Ahora, miro a mi alrededor y sigue habiendo decenas de los mismos jeeps, pero veo pocos hombres armados. Escasamente los escoltas de los patrones de las minas o quienes vigilan para que los guaqueros no se cuelen en su interior.
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.....El trabajo del guaquero tampoco tiene retribución económica, cuando les pregunto por qué lo hacen, los más jóvenes se encogen de hombros, y los mayores hablan de sueños y esperanzas. Pero la actividad de compra-venta que hay en toda la zona delata una cadena de necesidades difícil de romper: como muchas veces no se consigue nada, los mismos comerciantes prestan a los guaqueros el dinero diario para sus necesidades más básicas. En contraprestación, el guaquero queda con la obligación moral de vender lo encontrado a quien le ha estado prestando dinero, pero eso sí, al precio que este último estime conveniente. Un precio que, evidentemente, dista
.....La guaquería mueve a familias enteras, ancianos, madres con sus niños desde los cuatro o cinco años, adolescentes, abuelas… Pero la minería formal, es decir, el trabajo en el interior de las minas de esmeraldas, es un mundo sólo permitido para los hombres.
-----Al interior de las minas la temperatura, de por sí alta se hace aun más asfixiante por la falta de oxígeno, y la humedad extrema. Las condiciones tratan de suavizarse con el aire que mandan a través de unos ductos de plástico, pero la sensación no deja en ningún momento de ser sofocante, y se acentúa en los tramos en los que la dureza de la roca no ha permitido abrir un camino por el que se quepa erguido. Además de los túneles horizontales, algunos ramales de las minas terminan en “clavadas”, aberturas verticales que buscan profundizar aun más en las entrañas de la tierra. A 48 metros bajo tierra se dificulta la respiración, y los mineros tratan de pasar las horas bebiendo un líquido indefinido al que llaman limonada, mientras dinamitan, taladran, o sacan vagones de tierra en su búsqueda incesante de algún resplandor verde. Pero lo cierto es que no existe ningún método científico para dar con una veta de esmeraldas. No hay ninguna certeza que augure un final feliz a la empresa y en realidad, lo único que mantiene activos a guaqueros, mineros y empresarios, es la persecución de un sueño. La esperanza de encontrar ese “El Dorado” que, precisamente en Colombia, buscaron con ahínco y hasta el casi exterminio de los pueblos indígenas, los conquistadores españoles.
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Ya en la superficie, sudorosos y haciendo guiños al recibir de nuevo la luz del trópico, destacan, clavados en la montaña los barracones que mineros y guaqueros han construido con materiales casi de deshecho. La pregunta parece necesaria. ¿Cómo, sobre una tierra que esconde tanta riqueza, puede existir tanta pobreza?. La culpa de la dejadez evidente en la que vive de toda esta región, es como una pelota que se pasan de unos a otros.
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.....Guillermo Angarita, es uno de esos nuevos patrones de las minas, que para nada responden al prototipo semi-mafiosos del esmeralderos de los años 80. Los de ahora son personas poco ostentosas, curtidas en el negocio internacional, muchos viajan con frecuencia y ellos mismos o si no sus hijos, tienen formación universitaria. Él achaca la situación de penuria a la dejadez del Estado y el desinterés de los habitantes de la zona, en su mayoría población flotante que viene de todas partes del país a trabajar unos meses en busca de mejor fortuna, pero que tan rápido como llegan se van, sin arraigarse nunca en la zona. La gente de la región habla de cómo algunos patronos, sólo piensan en el propio beneficio, y no hacen un esfuerzo por invertir en el bienestar de estos pueblos. Y tampoco faltan quienes aseguran que todo se debe al interés de los explotadores por mantener en secreto sus producciones y poder para, de este modo, manipular los precios del mercado. Sea como sea, lo cierto es que sobre un lecho de millones de euros, duermen en chabolas de madera y latón, las familias que desgastan sus mejores años y sus sueños, en busca de las piedras que adornarán unos cuellos, rostros y manos, de hombres y mujeres que difícilmente podrán llegar a ser los suyos.
.....Quizás sea verdad que los esmeralderos se alimentan todavía de ese sueño inherente al ser humano, de ese sueño permitido mediante el juego en la infancia, y reprimido en la edad adulta por dejarlo todo en pos de buscar un tesoro. Algunos lo intentan, pocos lo consiguen, muchos han muerto y otros muchos seguirán muriendo en el empeño, mientras las entrañas de Colombia sigan escondiendo millones de kilates de Sueños Verdes.