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Por: José Luis Sánchez Hachero

Cada semana, 12 vuelos procedentes de Madrid dejan en Senegal una atónita carga humana: centenares de inmigrantes africanos que habían llegado a España en cayuco. Cuando embarcaron creían que los llevaban a otra ciudad española, pero su aventura termina donde empezaron. Se han jugado la vida para nada, y eso enciende su ira. Los deportados pasan por un periodo de depresión, pero una vez repuestos, como sea, cueste lo que cueste, lo vuelven a intentar.


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Amina tiene ochenta años y una obsesión en la cabeza. Su hijo Mustafá debe emigrar a España. Ya lo ha intentado dos veces, y las dos terminaron en fracaso, pero Amina no desespera y asegura que le prestará dinero otra vez para un tercer viaje. “¿No tiene miedo de que el cayuco se hunda y su hijo muera?”. “No –responde decidida esta abuela octogenaria desde el fondo de su humilde comercio–. Dios esta con él; si no fuera así ya se habría muerto”. Mustafá yace penosamente tumbado en un catre envuelto en una nube de moscas. Está deprimido y no encuentra consuelo a su pena. Su primer intento de llegar a España terminó a manos de la policía marroquí a las mismas puertas de Ceuta. Lo detuvieron en compañía de otros senegaleses, los transportaron hasta el desierto y los dejaron abandonados a su suerte.

....Mustafá consiguió cruzarlo a pie, y también Mauritania, pero estuvo a punto de morir de hambre y de sed. Trabajó duro entonces, a su regreso, para volver a reunir dinero. Se deslomó en el campo; pescó a bordo de un cayuco y ayudó a su madre en el puestecillo que regenta en un populoso mercado de Saint Louis, su ciudad natal. Cuando tuvo lo suficiente, Mustafá pagó al dueño de un cayuco para intentar, por segunda vez, llegar a España. Zarpó desde Mauritania, y tras dos días de travesía consiguió por fi n realizar su sueño. Es- taba en España, pero la policía lo encerró en un centro de internamiento para inmigrantes. “Sospeché algo –murmura abatido– cuando leí una pintada en la pared: «Si estás en esta habitación tu próximo destino será Senegal»”.

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Horas después, Mustafá y otros cincuenta indocumentados senegaleses aterrizaban en el aeropuerto de Saint Louis, la ciudad de la que tratan en vano de escapar. Mustafá muestra su orden de expulsión, el documento que le dio la policía española y que guarda con misterioso celo. Como si se tratara de una versión africana del mito de Sísifo, Mustafá, entre sollozos, se pronuncia rotundo: “No importa. Lo volveré a intentar”.

Desde principios de septiembre, cada lunes, miércoles y viernes

viernes aterrizan en Saint Louis cuatro vuelos diarios procedentes de Madrid. A bordo no viajan turistas, a pesar de que la exigua industria turística del país se concentra en esta antigua ciudad colonial. A bordo sólo viajan inmigrantes indocumentados senegaleses. Policías y soldados reciben a sus paisanos con gesto hosco y fusil en mano, los dividen en dos filas, los hacen desfilar por la pista de aterrizaje y los acomodan bajo un sombrajo para protegerlos del inclemente sol africano. Tras una charla, les dan un bocadillo, un refresco y diez mil francos CFA, unos quince euros al cambio, con los que deberán, mal que bien, regresar a sus hogares, a veces distantes cientos de kilómetros. Algunos de los deportados miran confusos a su alrededor; hay quien llora. “Me dijeron que íbamos a Barcelona”, asegura Ismail. Los indocumentados, que vuelven a ser legales ahora en su país, hacen cola ante un improvisado tenderete donde reciben la vacuna contra la fiebre amarilla. Al salir del aeropuerto están indignados, más bien coléricos, y la policía intenta alejarlos del periodista español que ha venido a hacer este reportaje. Gritan entonces desde los autobuses que los trasladan a Dakar, y los vecinos de Saint Louis los reciben con la V de victoria. “Dígale a su presidente que en cinco meses como mucho estaré allí otra vez”, me espeta un chaval desde la ventanilla trasera.

....Tras perseguirlos por toda la ciudad, el conductor accede a detenerse cinco minutos. Los deportados se me echan encima. Están indignados y me reprochan que el Gobierno español los haya deportado. “¿Por qué yo sí y a mi hermano lo han llevado a Madrid?”, dice uno de ellos. Otro se abalanza mostrando el dinero que les ha dado la policía. “¿Por esto he arriesgado mi vida? ¿Por quince euros?”.

....De vuelta al aeropuerto, la policía sigue despachando deportados en vuelos que llegan con intervalos de unos treinta minutos. No quieren fotos, pero las toleran si no se les ve el rostro. Los deportados mordisquean sus bocadillos y rumian sus penas mientras se lamentan por no estar en Barcelona. Cheik Bamba, el jefe del partido de la oposición en Senegal, acaba de llegar al aeropuerto, y, a pie de pista, también se lamenta del drama de sus compatriotas. “Es normal que quieran marcharse –comenta–. Todos los presidentes que ha tenido Senegal se marcharon a vivir a Francia cuando dejaron sus cargos”. La obsesión de Amina, la octogenaria madre de Mustafá, es compartida por decenas de miles de senegaleses.

....Ismail pertenece a una familia más acomodada que la de Mustafá, “pero con 24 años no me voy a quedar en un sitio como este”, aclara mientras los miembros de su familia, tumbados en una esterilla sobre el suelo, asienten divertidos. Ismail acaba de llegar en un vuelo desde Madrid. Creía estar yendo a Barcelona y aún no ha tenido tiempo de meditar su fracaso, por lo que todavía no ha caído en la depresión que atrapa a todos los deportados tras su vuelta a casa. “En cuanto reúna el dinero suficiente lo volveré a intentar, y mi familia me ayudará porque aquí no hay más futuro que el que ve”, asegura.

....En Saint Louis, efectivamente, apenas hay futuro. Antaño fuerte comercial francés, capital del Senegal y Mauritania hasta 1958, y tradicional puerto esclavista, la antigua ciudad colonial, patrimonio de la Humanidad protegida por la UNESCO, es uno de los pocos atractivos urbanos de Senegal. Por las calles de su casco histórico se adivinan aun los fantasmas de los negreros y sus víctimas, el vil comercio que despobló la ribera del río Senegal, que desemboca aquí mismo. Fuera del centro histórico, en plena decadencia, la miseria y la superpoblación pudren el aire y convierten la playa en un basurero. Transitan las calles enjambres de moscas. Sin más futuro que un exiguo turismo, sexual las más de las veces, y una pesca que se agota a ojos vista, los habitantes de Saint Louis parecen abocados a seguir los pasos de sus ancestros esclavizados, pero ahora motu proprio y por pura desesperación. “Señora, su hijo puede morir en el cayuco”. La madre de Ismail sonríe con sinceridad cuando oye esta advertencia: “Seguro que no”.

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.... En Tiarage Mer, una playa de pescadores de Dakar, cientos de cayucos se preparan para un día de pesca. Alguno de ellos puede que no vuelva esta noche, comenta un muchacho. Grupos de jóvenes ven pasar el tiempo en la playa y se indignan cuando se les habla del peligro de la travesía hasta Canarias. “¡Peor es esto! –responde un adolescente vestido con una camiseta de Eto'o–. Los españoles no nos dan visa, aquí no hay trabajo y el Gobierno pone cada día más cara la gasolina para evitar que hagamos trayectos largos, pero no importa, porque vamos a ir de todas maneras”.

 

....A pocos metros, en una humilde casa, un grupo de mujeres trata de evitar que los jóvenes se echen a la mar. Tienen un motivo importante. Al frente, Yayi Bayan, una enérgica madre que recuerda con amargura cómo murió su hijo cuando zozobró el cayuco en el que viajaba y se ahogó. “Yo misma le di el dinero”, se lamenta, pero enseguida se recompone y pide ayudas, proyectos, industria y comercio para desarrollar su país y evitar que los más jóvenes arriesguen sus vidas buscando un futuro que se les niega en su propia tierra.   ...

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Una docena de mujeres, todas ellas madres de ahogados, muele sémola para elaborar cuscús y financiar su lucha. Una pelea imposible que no logra detener la colaboración europea. La acción de la Unión Europea sólo ha logrado de momento que se desplace el grueso de las partidas de los cayucos al sur, a la frontera con Guinea-Bissau, con lo que ello significa: más distancia, más sufrimiento, más riesgo de morir.

En las calles también se intenta, desesperadamente, sacar partido del sufrimiento. En el centro de Saint Louis, los. .............

vendedores callejeros persiguen ahora a los turistas con una súplica que encierra una amenaza: “Cómpreme algo, por favor. Si no vendo nada tendré que irme yo también en cayuco”.
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