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Policías españoles en Timor

 

Por: José Luis Sánchez Hachero

Cuando los policías españoles María Dolores Pérez y Francisco Navares aceptaron ir destinados como fuerzas de la ONU a Timor Oriental, no imaginaban que iban a vivir un infierno de violencia. Paco y María han sido atacados por las milicias pro indonesia, han vagado diez días por la isla con lo puesto, comen una vez al día, rodeados de suciedad y, además, él enfermó de malaria. Todo en medio de barrios ardiendo y gentes macheteadas sin compasión en la isla más violenta del mundo.


No había pasado una semana de la llegada de María y Paco a Liquisa, uno de los enclaves más violentos de la isla. Su convoy de la ONU, en el que les acompañaban otros tres compañeros neocelandeses, uno británico y varios intérpretes, fue de repente parado por guerrilleros del BNP (Besi Merah Putih: Bandera Roja y Blanca). Unos cuarenta hombres con machetes y escopetas rodearon los vehículos de UNAMET (Misión de la ONU en Timor Oriental). ‘Nos acorralaron en la playa', recuerda María, ‘y nos gritaban para que les entregáramos a los intérpretes para matarlos por espías. Cuatro policías indonesios estaban allí y no hicieron nada'. El convoy pidió auxilio a la central de UNAMET en Dili (capital de Timor del Este), y desde allí les enviaron dos helicópteros, pero fueron igualmente atacados. ‘Un miliciano abrió la puerta de mi coche y agarró a un intérprete por los pelos', recuerda Francisco. ‘Tuve que arrancar y salir a toda velocidad mientras nos disparaban; uno de los voluntarios se puso entre el cristal trasero y yo para servir de escudo humano. Por suerte no le dieron'. Mediaba el mes de julio. María y Francisco habían recibido su bautismo de fuego en la hirviente Timor.

El gobierno de Yakarta explicó el incidente asegurando que hubo provocación de UNAMET. ‘¿Cómo vamos a provocar a 40 tíos armados?', se indigna Francisco un mes después, al leer en un teletipo la versión oficial indonesia, ‘¡sólo cuentan mentiras!'.

Tras aquel ataque, Francisco y María regresaron a su base en Liquisa, recogieron atropelladamente sus pertenencias y abandonaron el lugar para vagar una semana con lo puesto, entre montes plagados de cafetales, intentando llegar a Dili. ‘Nos encontramos milicianos fuertemente armados', recuerda Francisco. ‘Las escopetas que llevan sueltan más pólvora que balas', bromea, ‘pero son preferibles a los machetes. Con esos no fallan'.

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María Dolores Pérez Iribarne y Francisco Navares son dos de los seis funcionarios españoles (hay otro policía nacional más y tres guardias civiles) destinados en la isla, y no son precisamente novatos. María es inspectora del Cuerpo Nacional de Policía, encargada del servicio de atención a la mujer en Barcelona y especializada en resolver delitos sexuales. Esta es su segunda misión para la ONU, ‘la más difícil', reconoce.'En Vukovar (Croacia) todo era más sencillo, más cercano a nuestro modo de entender la vida y teníamos mejor apoyo de la ONU'.

Francisco Navares, natural de Vigo y habitualmente destinado en el puerto de Tenerife, asegura estar viviendo en Timor una pesadilla, pero le ha enganchado la misión, la preocupación por los isleños.

Los hombres caminan entre banderas indonesias con sus machetes al cinto y sombreros a la portuguesa en la región de Liquisa, en el Timor profundo. Las casas, algunas de la época de la dominación portuguesa, se tienen en pie de milagro, y se alternan con chozas de paja a cuyas puertas familias infinitas observan atónitas al visitante de otra raza. A María la conocen: ‘Me van a gastar el nombre. Se pasan el día con el Hello Maria, y menudos son, tienes que contestarles siempre. Saludo cientos de veces al día'.

Entre los exuberantes árboles, hombres de mirada oscura observan y sonríen. Algunos salen a la calle para seguir al extranjero. Tienen nombres como Manuel Carrascalao o José Da Costa, herencia de la colonia, pero en esta zona proindonesia no hablan portugués, al menos en público. Son sobre todo tatum, la raza nativa de la isla. Domingo Soares es el jefe de los milicianos de la zona. Cienta Francisco que ‘no tiene más de veinte años, pero manda mucho entre sus compatriotas. Es favorable a Indonesia, y el responsable de muchas muertes por aquí'.

La capital, Liquisa, es una pequeña población decadente, pero la región tiene una de las mayores riquezas de la isla: café de calidad. Entre los cafetales deambulan los milicianos con sus machetes, vigilando los caminos. ‘Vamos a subir a las montañas, para demostrarles que seguimos aquí', propone Francisco, y subimos por caminos impracticables entre aldeas sin hombres. ‘Han salido, puede que para trabajar en el campo, aunque nunca se sabe'.

A pocos metros del mar, a los pies de Liquisa, un imponente hotel es devorado por la vegetación. ‘En otro tiempo esta zona fue un balneario portugués', comenta María mientras señala dónde fueron atacados. Unos chiquillos desnudos corretean por una playa negra y brillante. ‘Al atardecer vengo aquí', cuenta Francisco, ‘y pendiente del walky talkie me doy un baño. El único lujo del día. Todas las tardes, a la misma hora, unos delfines cruzan la bahía, pescando, y se pone el sol'. La estampa sería idílica de no tratarse de Liquisa, en el infierno de Timor.

Controlar el censo de votantes en el referéndum, su principal misión en Timor, no ha sido fácil. Las presiones de cada grupo por inflar las listas han sido continuas. En esta región los paramilitares se han mostrado expeditivos. ‘Las casas en las que no cuelga la bandera roja y blanca en la puerta son quemadas y sus ocupantes han de huir o sufrirán algo peor'. Decenas de banderas roja y blancas jalonan las carreteras. Los milicianos vigilan sentados bajo la sombra. ‘Sobre todo hay que sonreír siempre', asegura María, ‘mostrarse siempre afables, aunque sepas que quieren darte la puñalada'. Saludamos a unos jóvenes subidos a un autobús, con sus rostros cubiertos de trapos y bebiendo cerveza. ‘Algunos de ellos son los que nos atacaron, son nuestros vecinos. No nos soportan, no nos quieren aquí', cuenta María. Cuando llegamos a la playa, aparece Nick, un inglés compañero de habitación: ‘Creo que os estaban siguiendo. No estéis mucho tiempo en la playa'.

El cuartel general de la ONU en Liquisa es un viejo caserón plagado de mosquitos que pertenece al alcalde de la villa. ‘Íbamos a alquilar una casa mejor, pero amenazaron al dueño', cuenta Francisco. Previendo nuevos ataques, María y él duermen vestidos, envueltos en espesas mosquiteras, y con la mochila medio hecha por si tienen que salir corriendo de noche.

En Liquisa, cada mosquito guarda un peligro invisible. Francisco contrajo la malaria a mediados de agosto. ‘Fue una pesadilla dentro de otra', recuerda nervioso mientras se cubre todo el cuerpo con repelente de insectos. ‘No duró mucho tiempo, pero con la cantidad de mosquitos que viene cada tarde, podemos repetir'. A las cucarachas ya no les hacen ni caso, pero las mosquiteras para dormir son imprescindibles.

‘Nos duchamos al estilo local', es decir, con un cazo. ‘Ni se nos ocurre beber agua del grifo, cuando la hay'. En Timor han aprendido algo de los bichos: el peligro está en los que no se ven, en la carga del anófeles o en las bacterias del agua y las verduras.

María y Francisco sólo comen una vez al día, ‘una sopa bien caliente y verdura cocida, para que el hervor mate a los microorganismos', comenta ella. ‘Ni se te ocurra comer carne', aconseja Francisco, ‘los cerdos de aquí se comen la porquería de los desagües, y lo mismo hacen los pollos y vacas'. Efectivamente, hay cerdos por doquier. Vagan por las aceras como reyes. El alcantarillado se reduce a una zanja de cemento por la que pasean solemnemente los detritus en cada calle de la ciudad. Por la noche, las aguas negras parecen hervir: son larvas de mosquitos, a centenares de miles. Los suelos presentan extrañas salpicaduras rojas. No es sangre sino escupitajos de las indígenas, saliva mezclada con una hierba, el wang, en la línea del betel hindú, que chupan y escupen. Las manchas se hacen indelebles en el suelo.

Entre tanta inmundicia, Francisco se resiste incluso a comer los plátanos que compran en el triste mercado local. ‘No me fío', susurra ante unos pobres montoncitos de fruta que unas indígenas venden sentadas en el suelo.

Termina agosto en Liquisa. Al dejar el pueblo, los voluntarios de la ONU van quedando lejos, mezclados con la vegetación y los mosquitos. Francisco, María y sus compañeros vuelven a quedarse solos entre la población hostil.

Aún veremos una vez más a Francisco, en Dili, la capital. Sabía que haríamos escala y ha pedido permiso para acompañarnos en la última cena en Timor. ‘Hacía tanto tiempo que no veía españoles...'. María se ha quedado con las ganas, sólo le han dado permiso a uno. A los postres, el policía comenta: ‘Aquí se matan por menos de nada. Los perdedores del referéndum no van a aceptar fácilmente la derrota: seguirán las matanzas, y yo quiero estar aquí, porque largarte cuando se va a decidir el futuro de esta gente no me parece bien'.

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La misión es idéntica cada día: patrullar para dejarse ver, desarmados, con la impresión de que cualquiera que se cruza en el camino es un miliciano, y escoltados por dos policías indonesios que no les quitan ojo, ‘imposición de Yakarta'. ‘Los paramilitares tienen atemorizada a la región', asegura María. ‘Secuestran a los independentistas y los torturan con machetes hasta matarlos. Arrojan los cuerpos a un lago cerca de la ciudad y desaparecen'. ‘El otro día', continúa Francisco, ‘por un soplo, liberamos a un chaval al que habían torturado con sus machetes'.
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